La vida no tiene tiempo suplementario.
El Mundial continuará sin algunas selecciones. La vida, como siempre, seguirá su curso sin importar el resultado que aparezca en el marcador.
Mientras estábamos siguiendo los partidos durante las últimas semanas, analizábamos las alineaciones y discutíamos sobre penales, la vida no se detuvo. Nacían niños, morían personas, alguien descubría un nuevo tratamiento, alguien perdía su trabajo, alguien se reconciliaba con su familia y alguien abrazaba a sus padres por última vez. Todo aquello que realmente define la vida humana sucedía silenciosamente, lejos de los focos del estadio. Quizá por eso este sea un buen momento para volver la mirada hacia aquello que seguirá siendo importante cuando las luces del Mundial se apaguen.
Esto, por supuesto, no significa que el deporte sea algo sin importancia, al contrario, el deporte puede desarrollar disciplina, compañerismo y un sano espíritu competitivo, pero la manera en que lo vivimos hoy revela algo mucho más profundo que el juego mismo. Revela a qué dedicamos, como sociedad, nuestro tiempo, nuestros pensamientos y nuestra admiración. De ahí nace la fama. Somos nosotros quienes la construimos con nuestras pantallas, nuestras apuestas deportivas, nuestras camisetas, nuestro entusiasmo y nuestras interminables discusiones. Y allí donde se reúnen la atención y el interés de millones de personas, pronto llegan enormes cantidades de dinero.
Por eso no resulta extraño que las cinco selecciones más valiosas del Mundial tengan en conjunto un valor cercano a los seis mil millones de euros, aproximadamente una quinta parte del producto interno bruto anual de Bosnia y Herzegovina. Ese dinero no está en las cuentas bancarias de los jugadores; representa el valor estimado de sus contratos y transferencias en el mercado.
El problema no es Messi, Cristiano Ronaldo ni ningún otro deportista de élite cuyo valor de mercado se ha convertido en un símbolo de nuestra época. Ellos hacen aquello que mejor saben hacer, y el mercado los recompensa generosamente por ello.
La verdadera pregunta no es cuánto valen ellos, sino por qué, como sociedad, hemos decidido que valgan tanto. La respuesta es sencilla, el mercado no recompensa lo más importante sino aquello que logra atraer y mantener el interés del mayor número de personas.
El mercado no sabe medir el valor de quien salva nuestras vidas, del maestro que forma nuevas generaciones, de los padres que educan a un hijo íntegro o de la persona espiritual que le devuelve a alguien la fe, la esperanza y el sentido de la vida. No mide la bondad, la sabiduría ni el carácter, solo mide la audiencia, la popularidad y la disposición de las personas a mirar, comprar y consumir.
Por eso, el valor del mercado de los deportistas, como el de tantas otras cosas, no es lo mismo que su verdadero valor.
El mercado no determina nuestros valores; simplemente los convierte en cifras. Es un espejo de nuestros deseos colectivos, pero también de nuestra comprensión —o incomprensión— de aquello que da verdadero valor y sentido a la vida.
El mercado pregunta: ¿Qué atraerá a la gente?
La vida espiritual pregunta: ¿Qué merece realmente nuestra atención?
Quizá por eso sea bueno que los grandes espectáculos lleguen también a su fin. Cuanto antes terminen, antes podremos volver a la vida real. El tiempo que gastamos hoy nunca volverá. Dentro de unos días, los resultados deportivos dejarán de ser el tema principal, lo que sí seguirá siendo importante es cuánto amamos, cuán honestos fuimos, cuánto ayudamos a los demás y cuánto nos acercamos a Dios.
Mientras en los estadios se disputaban los partidos, otra batalla mucho más importante se estaba librando: la batalla por la conciencia humana, porque, en el mundo moderno, el mayor premio ya no es un trofeo, sino la mente del ser humano. Quien logra ocupar nuestros pensamientos, nuestro tiempo y nuestra admiración, determina en gran medida la dirección de nuestra vida.
Por eso hay una pregunta mucho más importante que quién ganó el Mundial, y que cada uno debería hacerse a sí mismo: ¿Qué estaba ocurriendo en mi corazón mientras se jugaban los partidos? ¿Qué estaba moldeando mi carácter? ¿A qué entregué la parte más valiosa de mí? Porque la vida no tiene tiempo suplementario.
Y, al final, el ser humano termina convirtiéndose en aquello a lo que dedicó su atención durante toda su vida.
Texto traducido del bosnio original
Autor: BR Svami